Paracas. La belleza de lo simple

Paracas. Cuando estábamos viendo los destinos para hacer “escalas” antes de llegar a Cuzco, apareció Paracas. A primera vista iba a ser una parada para descansar y ver algo de playa, antes de irnos para el “interior” de Perú. Pero Paracas, por ser Paracas, y por como se dieron las cosas, fue mucho más que una simple escala en la playa.

Para empezar…

¿Donde queda Paracas?

Paracas se encuentra a 3/4 horas de bus al sur de Lima. A solo una hora y media de Ica. Es una pequeña ciudad de ¿menos de 100 manzanas? No sabría decirte, pero créeme, si tenes ganas, podes ir de punta a punta caminando. No es muy grande.

¿Que se puede hacer en Paracas?

Paracas
Paracas tiene dos visitas, casi obligadas. La primera son las Islas Ballestas. Unas islas a media hora en lancha del puerto, donde se pueden observar pingüinos y lobos de mar. Como en todo Perú, el precio depende de la cara y las ganas de regatear. Otra de las visitas que se pueden hacer es la de la reserva de Paracas. La reserva queda a unos minutos en auto de la ciudad. Se puede ir con un tour, o en taxi, si solo te interesa visitar alguna de las tantas playas que tiene. Ambas visitas valen la pena, más que nada porque Paracas no ofrece mucho más, y sin embargo, repito, vuelvo encantado de Paracas. Otra de las actividades que se pueden realizar es la practica de Kitesurf. Si no sabes hacer, podes tomar un curso de 2 o 3 dias para dar los primeros pasos en Kitesurf.
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Kokopelli.

En parte, y sin ganas de hacer publicidad. Gran parte de que la visita fuera tan agradable fue por el hospedaje. Nos quedamos en el hostel Kokopelli. Este hostel se ubica “al sur” de la ciudad, antes de llegar al Golf. Al lado se encuentran muchos puestos de comida, que por 15 soles podes comer un buen Menu de comida Peruana. El hostel cuenta con pileta, bar, metegol, pool, mesa de Ping Pong. Si queres, podes sacar gratuitamente un Kayak e ir a dar vueltas por la playa. Por cierto… el hostel tiene salida directa a la Playa. Hasta la gente que conocimos, tanto el personal, como otros viajeros. Una buena onda terrible. La rutina de quedarse tomando algo en la playa hasta las 3 o 4 de la mañana, y a las 9 despertarse a desayunar. Un ritmo que solo se sostenía, gracias a las pocas ganas que daban ir a dormirse.

Tan agradable fue el hospedaje que hasta nos quedamos una noche de más en uno de los mejores hostels que visite (Lo sumo al podio junto al Madhouse de Praga y a Los Molles de Tilcara!).

Para terminar. Como siempre, una pequeña galería.

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